sábado 12 de septiembre de 2009
Estos días
Apenas ha terminado de caer el último ladrillo del techo y Sebastián ya me llama desde la habitación contigua. Era la última que tenía techo. Algunos árboles ha llegado a crear un nuevo techo en algunas habitaciones de la planta alta. Apenas se escucha una hoja quebrándose cuando ya ha gritado Sebastián desde la planta baja. ¿Cuánto tiempo le habrá tomado descender? Cuento mis pasos. Sebastián ha salido de la casa. No sé por qué lo sigo siempre. Incluso cuando camina dormido.
miércoles 26 de agosto de 2009
martes 17 de febrero de 2009
Mudanza
Temporalmente le atenderemos con mucho gusto en:
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así como en:
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¡Gracias por su comprensión!
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lunes 26 de enero de 2009
Lorenzo sueña su aprehensión
A Fátima K.
En el sueño Lorenzo había cometido una pequeña, pequeñísima falta. Y esta falta había generado que la policía lo buscaran a él y a sus compañeros de parranda. Entre pequeños arbustos, inocentemente escondidos, los aprehendieron. Los llevaron a una cárcel modelo. Las habitaciones tenían dos camas, baño propio, privacidad. Podrían salir los domingos a visitar a sus familias pero con buena conducta los martes también podrían tener franco. Habían llamadas y comedor. Era más una residencia estudiantil que una cárcel, pero esa sugestión que provocaba la palabra "cárcel" le hacía sentir que realmente estaba en prisión. Lo más espeluznante de su situación era que no había podido avisar a Andrea. ¿Qué pretexto daría? ¿Cómo explicar su ausencia durante días? Faltaban pocos pretextos para agotar los verosímiles: viajes, alguna comisión fuera del país, una conferencia sobre los insectos de 3 patas ante alumnos de alguna escuela de microbiología, iniciar una investigación de campo en las comunidades indígenas de un país ecuatorial, concluir la búsqueda de antiguas monedas de la Colonia. Andrea ya no creería las justificaciones. Andrea se entristecería por no verlo durante semanas y tener que limitarse a escuchar su voz al teléfono y algunos sonidos ambientales que un amigo de Lorenzo reproducía con una pequeña grabadora. Andrea no se detendría a pensar que ese león no era real porque el sonido de su llanto a punto de llorar sería mayor y ocultaría la veracidad del rugido. Lorenzo tendría entonces que buscar una forma de escapar de esa residencia-cárcel: tal vez hablar con el director del sistema penitenciario y sugerirle fungir como agente encubierto. Andrea preferiría entonces ocultar su desencanto en cuanto Lorenzo fingiera la emoción de haber encontrado un título de tierras del Siglo XIX, sobre todo por saber que él nunca se interesaba en títulos de tierras. Entonces Lorenzo se sentiría acorralado, pues un largo silencio de Andrea durante la llamada le habría permitido darse cuenta que ya no era posible seguir mintiendo, que tendría que huir esa misma noche de la residencia o Andrea caería en una tristeza abismal y cerraría con candado todas las ventanas y no entrarían ni él ni el viento fresco a su departamento en meses, lo cual pondría en riesgo la salud de los pulmones de Andrea, además de la frescura del ambiente, el color de las plantas, la sonrisa de los bigotes de Ambrosia (la gata) y así, paulatinamente, se secarían cada vez más las esperanzas de Andrea de volver a ver a Lorenzo y Andrea junto con ellas. Al imaginarla entonces tan triste, sentada junto al teléfono, decidió despertar del sueño y girar su cuerpo para abrazarla.
En el sueño Lorenzo había cometido una pequeña, pequeñísima falta. Y esta falta había generado que la policía lo buscaran a él y a sus compañeros de parranda. Entre pequeños arbustos, inocentemente escondidos, los aprehendieron. Los llevaron a una cárcel modelo. Las habitaciones tenían dos camas, baño propio, privacidad. Podrían salir los domingos a visitar a sus familias pero con buena conducta los martes también podrían tener franco. Habían llamadas y comedor. Era más una residencia estudiantil que una cárcel, pero esa sugestión que provocaba la palabra "cárcel" le hacía sentir que realmente estaba en prisión. Lo más espeluznante de su situación era que no había podido avisar a Andrea. ¿Qué pretexto daría? ¿Cómo explicar su ausencia durante días? Faltaban pocos pretextos para agotar los verosímiles: viajes, alguna comisión fuera del país, una conferencia sobre los insectos de 3 patas ante alumnos de alguna escuela de microbiología, iniciar una investigación de campo en las comunidades indígenas de un país ecuatorial, concluir la búsqueda de antiguas monedas de la Colonia. Andrea ya no creería las justificaciones. Andrea se entristecería por no verlo durante semanas y tener que limitarse a escuchar su voz al teléfono y algunos sonidos ambientales que un amigo de Lorenzo reproducía con una pequeña grabadora. Andrea no se detendría a pensar que ese león no era real porque el sonido de su llanto a punto de llorar sería mayor y ocultaría la veracidad del rugido. Lorenzo tendría entonces que buscar una forma de escapar de esa residencia-cárcel: tal vez hablar con el director del sistema penitenciario y sugerirle fungir como agente encubierto. Andrea preferiría entonces ocultar su desencanto en cuanto Lorenzo fingiera la emoción de haber encontrado un título de tierras del Siglo XIX, sobre todo por saber que él nunca se interesaba en títulos de tierras. Entonces Lorenzo se sentiría acorralado, pues un largo silencio de Andrea durante la llamada le habría permitido darse cuenta que ya no era posible seguir mintiendo, que tendría que huir esa misma noche de la residencia o Andrea caería en una tristeza abismal y cerraría con candado todas las ventanas y no entrarían ni él ni el viento fresco a su departamento en meses, lo cual pondría en riesgo la salud de los pulmones de Andrea, además de la frescura del ambiente, el color de las plantas, la sonrisa de los bigotes de Ambrosia (la gata) y así, paulatinamente, se secarían cada vez más las esperanzas de Andrea de volver a ver a Lorenzo y Andrea junto con ellas. Al imaginarla entonces tan triste, sentada junto al teléfono, decidió despertar del sueño y girar su cuerpo para abrazarla.
martes 9 de diciembre de 2008
- ST -
Sucede que casi vomito con la conversación. Ella insiste en la equidad de género pero distingue entre las cuentas por pagar y los derechos y toda la batahola de letanías que llegan por correo electrónico diariamente. Sucede que le quito, por primera vez en mi vida, la cuchara de la boca y la tiro lejos, hasta donde no pueda alcanzarla. Después le grito cuánto odio que chupe la cuchara después de moverla dentro de la taza y que la lleve nuevamente a la azucarera de la que todos hemos de servirnos. Nosotros somos sólo dos, me responde, ufana y con la sonrisa que alguna vez amé y que ahora odio tanto. Corro las escaleras y alcanzo a sentir algo de líquido saliendo entre mis labios pero alcanzo a llegar al baño. Adentro hay paz. El ruido del agua yéndose por la tubería me relaja. Puedo salir, echarme agua en la cara. Nadie se ha enterado, pienso. Cuando llego a la mesa, de vuelta, esperan dos nuevas tazas de café. ¿Tú pediste esto? le pregunto y dudo si he hecho la pregunta enojado, si he podido regular mis palabras para que el enojo no se muestre como un golpeteo y haya alcanzado a esconder el temblor de mi voz enojada en una casi imposible mueca de neutralidad. Sí, responde y sonríe. Su sonrisa me hace creer que se ha dado cuenta de mi búsqueda (ahora infructuosa) por ocultar mi enojo. Enojarse es igual a desnudarse, pienso. Siento una revoltura en el estómago que sube por el esófago. Me disculpo apenas y salgo corriendo al baño. Nuevamente vomito. Después de limpiarme la cara, frente al espejo, pienso, por primera vez, que ya no puedo ocultar mi odio.
viernes 21 de noviembre de 2008
- st -
A cualquier hora del día viene una ola y se lo lleva todo:
el recuerdo de un hijo muerto,
la sombrilla de la señora gorda,
una prenda de vestir,
los ojos de quien escribe.
el recuerdo de un hijo muerto,
la sombrilla de la señora gorda,
una prenda de vestir,
los ojos de quien escribe.
miércoles 22 de octubre de 2008
A meu gatamia:
- Voy a viajar al centro de la tierra en busca de la sal de tus ojos.
- Pero... el centro de la tierra no existe.
- Entonces tengo que escribir en una hoja blanca que sí existe,
para así quedarme a vivir en tu mirada.
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